sábado, 15 de agosto de 2009

Diez kilómetros de llamas


El viento norte agita puro aire ardiente. Remolinos de polvo y ceniza giran en la calle. Son casi las 5 de la tarde y acabó de irme discretamente de la casa un amigo, en el momento que la cerveza parecía té y una guitarra eléctrica distorsionaba los límites de mi paciencia.

Se enciende la luz roja. Estación Tristán Narvaja. Freno. Una moto scooter 125 cc pasa por la derecha de mi auto, para sobre el paso a nivel y unos tacos -blancos- se clavan en las estrías de hierro y asfalto. Las tiras de cuerina –blanca- desbordadas por la exuberancia del pie dejan al aire pliegues de carne; detrás el suave destello metálico del motor. Piel y acero. Su espalda ancha se tuerce ligeramente hacia el manubrio. Una ceñida blusa -blanca- sin mangas deja ver hombros fornidos, en rotunda armonía con muslos macizos enfundados en jeans elastizados. La edad conjetural, entre 50 y 55. Tarde para que vuelva del trabajo y temprano para una cita, pienso. El viento sacude con fuerza las hojas de los eucaliptos de la avenida Ricardo Rojas y el polvo lastima las ojos. Luz verde. Acelera y en segundos se desvanece en el pavimento de esta tarde imposible.

Y al oeste –a 30 o 35 kilómetros- las sierras desaparecen detrás de la inmensa nube de humo oscuro que deja el fuego. Las llamas avanzan formando un frente de 10 mil metros de extensión.

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