
Dos surtidores se herrumbran bajo un techo de chapa en Rosario del Saladillo. Las mangueras están resecas, como queda reseca la tierra tras la cosecha de soja. Para cargar combustible hay que desandar 30 kilómetros, hasta San José de la Dormida.
Aun se consiguen otros fluidos en la pequeña proveeduría de la estación de servicio: vino, ginebra, cerveza, fernet. También hay un metegol. Como la nafta que atiza el fuego, el alcohol enciende los ánimos. A la noche corre la bebida, las gastadas, alguna inquina silenciada estalla de golpe, los puños se tensan y dan en el blanco. Aca debe haber pelea, dice el conductor que nos trajo desde Córdoba. Tal vez notó un brillo malévolo en una mirada que me pasó desapercibido.
Como sea, nos habremos ido del pueblo a esa hora .
Al mediodía el sol lo aplasta todo, salvo a las moscas, que lo persiguen a uno como el viento caliente del norte. Un enjambre busca la cara de un bebe. Su madre - no tiene más de 20 años- lo alza y trata de espantarlas con una mano. Otra nube de moscas busca su alimento en el colchón del cochecito del nene.
Una fecha: 1900. Es el año que ingresó la primera promoción a la escuela Domingo Faustino Sarmiento. Así se lee en la sala de recepción, en una de las láminas con la lista de los alumnos que cubren toda una pared. Año tras año, hasta principios de 2000.
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