lunes, 11 de octubre de 2010
martes, 13 de abril de 2010
Quién vio a Enrique Dominici

Desde hace más de cuatro semanas Enrique Dominici no viene a Colonia Iturraspe. Los vecinos no saben qué pensar. Es que durante quince años llegó religiosamente todos los jueves. Seguía el mismo recorrido. Hacía tres poblados vecinos en el extremo oeste de Santa Fe y después Colonia Iturraspe, en el extremo este de Córdoba. Cruzaba de una provincia a otra acortando por el sendero que se interna en el campo del gringo Otto. Siempre caminando con su gastada valija marrón.
Su base de operaciones fue el Centro Cultural, Recreativo y Deportivo del pueblo. A eso de las seis o siete a más tardar, entraba al salón con la sonrisa tallada, saludaba con buenas y pedía lo de siempre. Un vaso con dos dedos de Marcella y el resto de soda. Tras sacudirse el polvo del saco y pasarle una franela a los zapatos, montaba su negocio movil. Su público, entre 20 o 25 clientes –aunque hubo veces que se llegaron a reunir medio centenar-, mayormente amas de casa de cuarentipico, comenzaba a rodear la mesa ni bien Enrique Dominici acomodaba la valija. A veces los de atrás se quejaban porque los de adelante no los dejaban ver. Carreteles de hilo para coser; trompos; ropa interior; peines y peinetas; relojes; perfumes; guantes; gorras… emergían desde el fondo de la valija. “Para todos y todas, para grandes y chicos”, repetía.
Según don Gerardo, el cantinero, la última vez que vino entró al salón arrastrando los pies. Estaba pálido, no dijo sus habituales zalamerías a las mujeres ni repartió caramelos a los chicos. Antes de irse, hizo un comentario que se interpretó como una broma, pero que ya no causa gracia: “En cualquier momento voy a buscar la mercadería a China”.
lunes, 12 de abril de 2010
El día que Chuña Huasi aparezca en el mapa

Viendo esta foto se me ocurrió una idea para un proyecto que eduque – perdón por la desmesura- para la libertad individual y colectiva: redibujar y reescribir los mapas y las cartografías. Dar vuelta las nociones de centro y periferia, arriba y abajo, afuera y adentro, de modo que lo que hoy se percibe como un ordenamiento natural sea desenmascarado como lo que realmente es: un orden construido. Orden que -como es sabido- tiene ganadores y perdedores, mandantes y obedientes, incluidos y excluidos.
Así, cada escuela, barrio, poblado, podría rediseñar el mapamundi y dibujarse en su centro. Y con ello garabatearse una voluntad colectiva, un deseo de ser, un destino.
Miren la foto: ahí está el globo terráqueo, detrás del pupitre, en un aula de la escuela Mariano Moreno de Chuña Huasi. ¿Se imaginan ese pueblo de no más de 400 habitantes, perdido en las lomas del departamento Sobremonte, pidiendo su lugar en el mapa?
martes, 30 de marzo de 2010
Moscas

Dos surtidores se herrumbran bajo un techo de chapa en Rosario del Saladillo. Las mangueras están resecas, como queda reseca la tierra tras la cosecha de soja. Para cargar combustible hay que desandar 30 kilómetros, hasta San José de la Dormida.
Aun se consiguen otros fluidos en la pequeña proveeduría de la estación de servicio: vino, ginebra, cerveza, fernet. También hay un metegol. Como la nafta que atiza el fuego, el alcohol enciende los ánimos. A la noche corre la bebida, las gastadas, alguna inquina silenciada estalla de golpe, los puños se tensan y dan en el blanco. Aca debe haber pelea, dice el conductor que nos trajo desde Córdoba. Tal vez notó un brillo malévolo en una mirada que me pasó desapercibido.
Como sea, nos habremos ido del pueblo a esa hora .
Al mediodía el sol lo aplasta todo, salvo a las moscas, que lo persiguen a uno como el viento caliente del norte. Un enjambre busca la cara de un bebe. Su madre - no tiene más de 20 años- lo alza y trata de espantarlas con una mano. Otra nube de moscas busca su alimento en el colchón del cochecito del nene.
Una fecha: 1900. Es el año que ingresó la primera promoción a la escuela Domingo Faustino Sarmiento. Así se lee en la sala de recepción, en una de las láminas con la lista de los alumnos que cubren toda una pared. Año tras año, hasta principios de 2000.
lunes, 29 de marzo de 2010
Filantropía con nombre propio

Antes de morir, la mujer cedió el terreno para la construcción de la escuela y pidió que le pusieran el nombre con que todavía hoy la llaman.
sábado, 15 de agosto de 2009
Diez kilómetros de llamas

Se enciende la luz roja. Estación Tristán Narvaja. Freno. Una moto scooter 125 cc pasa por la derecha de mi auto, para sobre el paso a nivel y unos tacos -blancos- se clavan en las estrías de hierro y asfalto. Las tiras de cuerina –blanca- desbordadas por la exuberancia del pie dejan al aire pliegues de carne; detrás el suave destello metálico del motor. Piel y acero. Su espalda ancha se tuerce ligeramente hacia el manubrio. Una ceñida blusa -blanca- sin mangas deja ver hombros fornidos, en rotunda armonía con muslos macizos enfundados en jeans elastizados. La edad conjetural, entre 50 y 55. Tarde para que vuelva del trabajo y temprano para una cita, pienso. El viento sacude con fuerza las hojas de los eucaliptos de la avenida Ricardo Rojas y el polvo lastima las ojos. Luz verde. Acelera y en segundos se desvanece en el pavimento de esta tarde imposible.
Y al oeste –a 30 o 35 kilómetros- las sierras desaparecen detrás de la inmensa nube de humo oscuro que deja el fuego. Las llamas avanzan formando un frente de 10 mil metros de extensión.